Laicidad y laicismo en la Universidad de Sevilla

HACE unos días, los medios de comunicación se hicieron eco de la denuncia interpuesta a la Universidad de Sevilla por UNI Laica, “por acoger multitud de procesiones, misas y pregones religiosos, pese a su carácter laico”, argumentando que “es tan escandaloso porque la Universidad de Sevilla realmente es una isla donde aún pervive el nacionalcatolicismo. Toda esta identificación de la institución con la Iglesia procede del franquismo, no proviene de la Edad Media. Hay ejemplos como la incrustación de la Hermandad de los Estudiantes dentro de la Universidad de 1956, el pregón de 1973 y una cruz de mayo de 2008”. Critica así mismo que “esta institución de la capital andaluza incluye en su rectorado la sede de la Hermandad de los Estudiantes y celebra cada año misas, pregones religiosos y conserva un Servicio de Asistencia Religiosa, denominado con las siglas Sarus, que imparte dos asignaturas de Teología que son contabilizadas como créditos europeos”. La noticia, siempre con el beneficio de la duda de lo que se haya querido transmitir, afirmaba datos, conceptos y actitudes que, en mi opinión, son infundados, por lo que, sin ánimo de confrontación, pero sí por respeto a la verdad, que es nuestro principal valor universitario, voy a tratar de aclararlas y rebatirlas, aportando datos históricos, conceptuales y de vivencia personal.

Primeramente, la consideración de la Universidad de Sevilla como “una isla del nacionalcatolicismo” y del franquismo por albergar estas instituciones en su sede no deja de ser una apreciación sorprendente. Como profesor en la Facultad de Geografía e Historia me alarma el desprecio a la historia de nuestra institución. De todos es sabido que el germen de la Universidad de Sevilla, el Colegio de Santa María de Jesús, fue fundado por el arcediano Maese Rodrigo de Santaella por una Real Cédula del 22 de febrero de 1502 de los Reyes Católicos, que autorizó al cabildo municipal la creación de un estudio general en la ciudad, ratificada por una bula pontificia del 12 de julio de 1505 firmada por Julio II. Esta bula autorizaba la fundación de colegio, universidad y capilla propia, donde se impartirían estudios de Lógica, Filosofía, Teología, Derecho Canónico, Derecho Civil y Artes.

Por otro lado, la Hermandad de los Estudiantes fue fundada por varios profesores y estudiantes en 1924, mucho antes de la Guerra Civil y del Franquismo. Así mismo, el Sarus nació de un convenio de colaboración que firmó el por entonces rector Pérez Royo en 1988, nada sospechoso de franquista, precisamente. En este sentido, le recomiendo a los miembros de la asociación la lectura de algunos títulos de la colección “Historia de la Universidad de Sevilla” de nuestra Editorial.

Se afirmaba, además, que estas instituciones no deben aceptarse en “una universidad democrática europea del siglo XXI”. Nada más lejos de la verdad: en las cinco primeras universidades en el Ranking de Shanghai (Harvard, Stanford, Cambridge, MIT y Berkeley) existen servicios religiosos. Otro ejemplo: los espacios religiosos “puntúan” positivamente a nuestra Universidad —a diferencia de otras— en el prestigioso sello de calidad QS. Mi experiencia personal en Oxford incide en este aspecto, pues todos los Colleges disponen de capilla, y la de uno de ellos, el Christ Church, es además la iglesia catedral de la Diócesis de Oxford. Tener este tipo de instituciones no es arcaico ni retrógrado sino, muy al contrario, algo moderno, ya que permite a los universitarios acceder a servicios que de otra manera no tendrían. No nos equivoquemos: lo moderno es la libertad, no la prohibición.

Las informaciones dicen otras cosas sobre la aconfesionalidad y la laicidad que son, en mi opinión, muy cuestionables. Soy profesor de Arqueología, no de Derecho, pero la lectura del Artículo 16 de la Constitución me da pie a pensar que estas instituciones son coherentes con el espíritu constitucional porque ésta “garantiza la libertad ideológica, religiosa y de culto de los individuos y las comunidades sin más limitación, en sus manifestaciones, que la necesaria para el mantenimiento del orden público protegido por la ley”; o porque “ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones”.

Se podría haber elegido el modelo francés o el mexicano, que sí son Estados laicos en los que se evita toda clase de cooperación social entre éste y las confesiones religiosas, pero se prefirió un modelo parecido a Alemania e Italia, estados aconfesionales, a diferencia del Reino Unido, un estado confesional en el que la anglicana es la religión oficial. El Estado aconfesional precisamente debe posibilitar a todos los ciudadanos el ejercicio, en condiciones de igualdad, de la libertad religiosa, esto es, la libertad de profesar públicamente una religión o no profesar ninguna, en respeto y convivencia. La neutralidad no es indiferencia o coerción, sino expresión y exigencia de un compromiso de colaboración tanto con creyentes como con no creyentes.

Por último, quiero hacer una alusión a mi experiencia como profesor. Desde 1999 celebramos —el Departamento de Prehistoria y Arqueología y el Sarus—, un seminario anual dedicado a la historia de las religiones (en plural), en los que han intervenido muchos investigadores prestigiosos. Lógicamente nunca se han censurado las intervenciones, muchas de las cuales han quedado por escrito en libros de la colección Spal Monografías Arqueología de la Editorial Universidad de Sevilla. El prestigio alcanzado por la misma ha ocasionado que se le conceda el Sello de Calidad de la Aneca-Fecyt-Une y la mención de internacionalidad. Los objetivos de la Universidad, generación y difusión del conocimiento, se han visto cumplidos con solvencia.

Cierro estas líneas con una frase el rector Ramírez de Arellano durante la celebración de los 25 años del Sarus: estas instituciones —Hermandad y Sarus— ayudan a “poner rostro a la Universidad”; es decir, aportan identidad, afecto, pertenencia y cohesión a aquellos universitarios que, siempre libremente, quieren participar de sus actividades. Problemas mayores tenemos en nuestra Alma Mater. Dejemos que la Universidad sea libre, plural, y, sobre todo, universal.

(Artículo publicado en Diario de Sevilla por Eduardo Ferrer Albelda, catedrático de Arqueología de la Universidad de Sevilla)